Historias Asombrosas / 04 / Desde mi cama

 



Obviamente lo mejor del propio dormitorio es la cama. Mi cama conoce el idioma secreto del cansancio. Cada noche me recibe sin hacer preguntas. En sus sábanas dejo el ruido que trajo el día. La almohada guarda los sueños que todavía no entiendo. El silencio  se acomoda a mi lado como un viejo amigo. La ventana apaga despacio la última luz del mundo. Entonces el corazón aprende a respirar más despacio. Cuando duermo y sueño pienso que también es una forma de volver a empezar. Y al despertar, la cama conserva un  poco de mi calma. Un poco de mi cuerpo se queda en ella. Un poco de mi alma se queda en ella. Un poco de mi pasado, de mi presente y de mi futuro se queda en ella.  

MI cama no emite juicios. A veces puede hacer ruidos. A veces no la siento. A veces mi cama me escucha mientras el silencio del universo no me deja dormir con sus frecuencias y notas musicales extrañas. A veces el tiempo y el espacio se confunden en mi cama.

            A veces el tiempo y el espacio toman una pausa. Pero logra encausarme para el otro día. Mi cama muchas veces me abraza. Como si hubiera cuidado de mí mientras el tiempo dormía. 

Pero a veces puede ser el color del dormitorio. A veces pueden ser los muebles del dormitorio. A veces incluso lo mejor del dormitorio pueden ser detalles como el color de las frazadas, la forma de las almohadas, el olor de cada uno de los objetos que conforman  el dormitorio. También puede ser el espacio. Cada característica del propio dormitorio lo hace especial. Pero la verdad es que no importa el color, la forma, los accesorios, los olores, las frazadas, los muebles las almohadas, y muchas veces ni la cama importa.

Lo que verdaderamente importa que es te sientes a salvo. Mi cama es un  lugar donde el mundo deja de exigir respuestas. En mi cama el miedo aprende a hablar más despacio. Más bajo. Casi inaudible. En mi cama las sábanas no prometen milagros, pero si un descanso sincero.

En ella los recuerdos pesan menos y la esperanza encuentra espacio. Desde mi cama te puedes imaginar el cielo. Los planetas. El universo entero. Lo necesario para soñar. La oscuridad que muchas veces me asusto desde mi cama deja de ser mi enemiga y se convierte en abrigo. 

Cuando estoy en mi cama muchas veces desaparezco. Muchas veces me desmayo. Y son los desmayos más considerados del mundo. No duelen, te abrazan, te dejan respirar como una muerte lenta aceptada, consciente y valorada. Antes de dormir y de alcanzar el sueño  profundo la cama te recuerda que estas a salvo. Sientes tu respiración que te recuerda que sigues aquí. Sientes tus latidos del corazón. Sientes a tu propio yo. Sientes que no hay por qué pelear. Solo te entregas en cuerpo y alma a tu cama que nada dice. Solo  te hace sentir. Porque la cama es tu lugar donde estas a salvo. 

A veces y solo a veces despierto por las noches. Un perro ladrando. Un crujir de alguna madera de casa.  O, una pesadilla que nadie esperaba. Pero ahí está mi cama. 

Mi cama no es un mueble. Es un lugar donde el ruido pierde su nombre. Mi cama no me pide explicaciones. Mi cama no reclama. Mi cama me recibe igual que un abrazo antiguo. Como si conociera mis derrotas de memoria. A veces mi cama es como mi primera gran cuidadora.

 Mi cama guarda silencio para no despertar mis miedos. Las sábanas tienen la paciencia de unas manos queridas. La almohada sostiene aquello que no digo en voz alta. El colchón aprende el peso de mis ideas. Cuando cierro los ojos y solo me veo entre oscuridad siento que todo queda lejos. Que no mucho importa más que estar en absoluta paz. 

Desde mi cama las preocupaciones quedan al otro lado de la puerta. Con sellos impenetrables. Todo vuelve a ser pequeño y posible. Hay una calma que no necesita palabras. Una calma que recuerda un origen. Como si el cuerpo encontrara un camino olvidado. Como  si desde mi cama aun existiese un rincón donde nada podía herirme. 

Tal vez por eso dormir se parece a confiar. Y confiar siempre tiene algo de volver. Volver a una luz que no recuerdo del todo. A un latido que alguna vez fue mi casa. 

Desde mi cama se siente que, por un instante, todo está bien. Estuvo y estará bien. Desde mi cama se guarda un eco de mucha ternura. El descanso me enseña que también se puede abrazar. 

La noche no siempre viene a quitarnos algo. A veces viene solo para devolvernos la paz. 

Cuando despierto no me quiero levantar. Porque el mejor momento de descanso y tranquilidad es segundos antes de despertar.

Y ese despertar es desde mi cama.




 

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